Consejos de escritura, Español

Para qué sirven los (sub) géneros literarios

Cuando empecé a leer no tenía noción de diferentes «géneros» en las historias que leía. Durante muchos años mis lecturas estuvieron limitadas a a) los libros que tenía disponible en casa y b) los libros que les profesores me demandaban que leyera.

Incluso en ese entonces, sin embargo, sabía que había historias que disfrutaba más que otras. Aquellas que describía como «entretenidas» eran usualmente aventuras, misterios o que podrían describirse como obras «imaginativas». Puede que haya sido por las condiciones en las que fue criado —viviendo en una mediagua con mis papás y mis dos hermanas— pero siempre me sentí más atraído por las historias de lugares distantes y gente superando obstáculos fantásticos.

Aun así, mis lecturas fueron —y siguen siéndolo, de cierta manera— muy eclécticas. Recuerdo haber leído una y otra vez historias tan diferentes como El león, la bruja y el ropero de C.S. Lewis, las novelas de Papelucho de Marcela Paz, Servidumbre humana de Somerset Maugham, Mujercitas de Louisa May Alcott, La hija del capitán de Alexander Pushkin, Papaíto piernas largas de Jean Webster y Los tres mosqueteros de Alexandre Dumas, padre, sólo por nombrar algunas.

Todo esto cambió, sin embargo, cuando leí El Hobbit de J.R.R. Tolkien. Después de eso, supe exactamente qué tipo de historias quería leer. Y desde ese momento me interesé en cómo diferenciar tan rápido como fuese posible entre las historias a las que me sentía atraído y a las que no.

Así fue como me interesé por primera vez en los (sub) géneros literarios.

Su uso (errado) por parte de la crítica

De acuerdo al Diccionario de la RAE, un género es «En las artes, sobre todo en la literatura, cada una de las distintas categorías o clases en que se pueden ordenar las obras según rasgos comunes de forma y de contenido». Aunque es una definición discutible, se acerca bastante a lo que me enseñaron en la universidad.

En aquellas salas de clases —y en los artículos, libros y sitios web escritos por críticos literarios que tenía que leer— género se solía ocupar como una manera de categorizar una obra y como un marco de discusión. Por ejemplo: una historia podía no ser entretenida o inventiva pero, cuando se le consideraba en el contexto más amplio de su género y en la época en la que había sido escrita, se volvía de alguna forma más valiosa.

Creo que no tengo que puntualizar aquí cuán absurda era esta noción (y todavía lo es). En mi opinión una historia bien escrita —o, en otras palabras, «buena»— tiene poco que ver con su género o el período histórico en que fue escrita. No me importa si fue la primera vez que alguien escribió de vampiros; si la leo ahora y su prosa es aburrida, su trama es predecible o sus personajes no son más que estereotipos/trozos de cartón, entonces simplemente no me interesan. De la misma forma, una historia puede ser la más trillada y cliché en su género pero, si se desarrolla de manera cautivadora, con personajes que se sienten vivos y una prosa que da gusto leer, entonces sí me interesa.

En este sentido, lo último que diré al respecto es: los (sub) géneros literarios como formas de justificar el gusto me parece algo patético. Me parece mejor ser sincere y decir: esta historia me gusta —aunque a mucha gente no— por a, b, c que tratar de argüir que la obra es más valiosa por motivos extra literarios. Después de todo, los clásicos no se volvieron clásicos porque fueron innovadores en su género. Se volvieron clásicos porque eran —y siguen siendo— historias bien contadas.

¿Qué es un (sub) género literario?

Más allá de la definición de diccionario, nuestra idea de los géneros literarios proviene de la Poética de Aristóteles. Allí el autor establece básicamente tres géneros:

  1. Narrativo (cuentos y novelas). En la Poética se habla de «épica», pero ésta ha sido reemplazada por la narrativa en prosa.
  2. Lírico (poesía) y
  3. Dramático (teatro)

En nuestros tiempos, sin embargo, estas categorías ya no son tan útiles como antes, principalmente porque las diferencias entre las tres son bastante obvias. Además de algunos casos excepcionales —como la prosa poética, por ejemplo— no creo que nadie tenga mayores problemas en determinar si una obra es narrativa, poesía o una obra de teatro.

Considerando esto, un sinnúmero de subgéneros literario han surgido para ayudar a comprender mejor qué diferencia una obra de otra. Así, por ejemplo, en la narrativa de ficción tenemos subgéneros como:

  1. Contemporánea (obras ambientadas en la misma época en que vive/vivió le autore)
  2. Detectivesca (obras acerca de crímenes y criminales, y quienes intentan atraparles)
  3. Especulativa (obras que tratan acerca de historias, personajes o situaciones imaginarias)
  4. Histórica (obras ficcionales con raíces en hechos o personajes históricos)
  5. Romántica (obras que tratan primordialmente acerca de las relaciones humanas)

… Y esto es sólo por mencionar algunos.

El tema es que si uno sigue desgranando cada subgénero, por ejemplo, se encuentra con sub-subgéneros, tales como la fantasía, ciencia ficción y horror, que suelen agruparse bajo la etiqueta de ficción especulativa. A su vez, la fantasía puede subdividirse en variados tipos, como fantasía épica, de portales, espada y hechicería, etc.

Librerías y editoriales

En una historia digna del huevo o la gallina, no sé quién fue primero, si las librerías o las editoriales, pero la verdad es que en ambas partes los (sub) géneros literarios no pasan de ser una etiqueta con la que vender/promocionar un producto.

No sé cómo será la situación en otras partes pero, al menos donde yo vivo, el uso de los (sub) géneros literarios por parte de librerías y editoriales deja mucho que desear. No sólo porque los usan mal —en más de una ocasión me he encontrado con libros de fantasía en la sección infantiles y vice-versa— sino porque el mayor valor que parecen verle a estas etiquetas es la de generar comparaciones odiosas (y muy injustas) para tratar de vender más. Me refiero a la de decir que cada nuevo libro de fantasía es «el nuevo El señor de los anillos» o que cada autore de horror joven es «más terrorífico que Stephen King». Esto no sólo daña las posibilidades que nuevas obras tengan la posibilidad de valerse por sí mismas sino que, y lo que es peor en mi opinión, encasillan a los (sub) géneros en una sola manera de escribirse.

Esta manera de actuar es lo que provoca, creo, que cada éxito de ventas genere una avalancha de imitadores en el corto plazo, cada cual tratando de aprovechar el boom lo más pronto posible, antes de que se acabe y aparezca el próximo. En un ciclo no muy diferente de las (aparentemente) interminables secuelas y remakes de Hollywood, se da prioridad a la copia de la copia de la copia de algo más o menos «exitoso» —léase, que vende— en vez de fomentar la creación y ampliación del espectro de lo que cada (sub) género literario tiene para ofrecer.

Y entonces, ¿sirven para algo?

Como escritores, creo que los (sub) géneros literarios son muy útiles para nosotres. Primero que todo, porque nos permiten orientarnos a la hora de saber qué se ha hecho antes en nuestro campo, por así decirlo.

Incluso si uno no se considera une escritore de un género en específico, la realidad es que (tratar de) ponerse una venda sobre los ojos y escribir sin la influencia de otres autores y sus obras me parece algo imposible. Lo que es peor, nos puede llevar a repetir clichés o patrones ya vistos sin cuestionar si es posible darles una vuelta aportando nuestra propia perspectiva al respecto.

En ese sentido, creo que el mayor beneficio de tener «conciencia de (sub) género literario», por así decirlo, está en leer lo ya se ha escrito/publicado con un ojo crítico. Esto implica confrontar los «puntos débiles» de un (sub) género literario en particular.

La fantasía épica, por ejemplo, en general está protagonizada por hombres blancos cis heterosexuales. Esto implica que, si voy a escribir fantasía épica, quizás debería cuestionarme si quiero añadir otra historia más con el mismo tipo de protagonista. El sólo hecho de tener conciencia de esta tendencia, me parece, es algo positivo, y nos permite tomar decisiones sabiendo lo que estamos haciendo.

Finalmente, y en un sentido más práctico, cada vez que queremos postular a un concurso literario, convocatoria o cuando queremos presentarle una obra a una editorial, se considera una práctica habitual discriminar las obras según un (sub) género literario.

Por ejemplo, puede que la convocatoria/concurso sólo acepte cuentos de ciencia ficción. Por lo general los convocantes en estas instancias explican en detalle qué entienden elles por ciencia ficción, pero hay situaciones en las que simplemente se declara que aceptarán cualquier obra de ciencia ficción «en su más amplio espectro» o algo similar. Eso implica que nuestro entendimiento del (sub) género literario en específico puede significar la diferencia entre quedar seleccionados o no.

***

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Esta entrada se publicó gracias a los aportes de Paulette Rompeltien, Marley Clevenger, María Consuelo Gómez Martín, Alberto Peña y mis otres maravilloses mecenas.

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