Español, Ficción

En la morada de Ngenmongen

Si la criatura no muerta hubiera podido derramar lágrimas, lo habría hecho. En vez de eso abrió sus ojos, incapaces de pestañear, tanto como pudo bajo el brillo del mediodía y observó cuidadosamente la vista desde arriba.

Estaba mirando desde la cima de uno de los picos más altos de la cordillera oriental. El viento gélido que bufaba contra ella podría haber matado a cualquiera, ya fuese lanzándolo ladera abajo o helándolo más allá del punto donde la vida dejaba de existir. Por suerte para ella la forma humanoide que llamaba su «cuerpo» —compuesta enteramente de uñas de cadáveres— no sentía frío alguno y tenía la fuerza de una docena de personas. Estaba segura que la cáscara que ahora habitaba soportaría estas condiciones inhumanas tanto tiempo como fuera necesario.

Debido a esto pudo ignorar el vendaval a su alrededor y contemplar el panorama, prestando especial atención a los detalles. En el otro lado del pico donde ahora se encontraba yacía un valle de un verde perenne. Uno que permanecía impertérrito ante el mordaz viento y que las pisadas humanas nunca habían mancillado. En el medio de esa cañada había un otero, no muy alto ni muy ancho. Aun así era el hito más distintivo de una llanura que de otra forma era totalmente plana.

Se ajustaba perfecto a la descripción. Éste era el lugar. Tenía que serlo.

—Al fin —dijo con su voz que ofendía los oídos de la gente, incluso los suyos.

Un inconsciente suspiro de alivio, tan innecesario como absolutamente adecuado para la ocasión, siguió a aquel desagradable sonido. Su físico insensible no necesitaba inhalar o exhalar aire, pero tenía que expresar su satisfacción de alguna manera. Había estado buscando este lugar durante muchos años. Demasiados, según su opinión.

Esta era su oportunidad de cumplir su más grande sueño: estar viva. Anhelaba tener un cuerpo que pudiera sentir el frío y el calor, uno que pudiera ver la belleza del mundo. Que pudiera disfrutar del sabor de la comida y el agua… ¡Que pudiera respirar!

Su deseo más profundo, por tanto tiempo negado, estaba ahora a su alcance. Y, sin embargo, titubeaba. Tenía dudas acerca de si seguir adelante o no. Incluso intentar estar en la presencia de Aquellos que podían concederle su deseo le costaría. Y mucho.

«Tendrás que perder tu no vida actual», recordó las palabras de la niña sagaz. «Tu existencia es una afrenta para Ellos».

Si quería tener una vida —una vida real, el opuesto de esta condenación— tendría que sacrificar la que tenía ahora, incluso sin saber si tendría éxito. Tendría que ofrecer su impía fuerza vital a cambio de la aprobación, guía y, esperaba, restauración final de su ser. Tenía que convencer a Ngenmongen, Amo y Señor de la Vida, de que le diera vida a este cadáver que habitaba.

Miró hacia atrás. En el otro lado de la cordillera yacía un panorama con el que estaba íntimamente familiarizada. Los faldeos rocosos azul oscuro se extendían hacia el norte y hacia el sur tan lejos como sus secos e inmóviles ojos eran capaces de ver. Y hacia el oeste, verde sobre verde, interminables colinas ondulantes, suaves valles y bosques frondosos eran atravesados de un lado a otro por centelleantes cursos de agua. Antü, el pillañ del Sol, lo iluminaba todo con Su brillo dorado.

Y, sin embargo, ante sus ojos sin vida toda esa belleza le parecía gris y muerta, tan muerta como ella misma. Había viajado a lo largo y ancho de esa Tierra durante muchos años y, en todo ese tiempo, Su belleza y maravillas le habían permanecido vedadas.

No podía regresar. No tenía sentido volver a la Tierra si no podía disfrutarla.

Se giró nuevamente, el rostro hacia el otero y, sin palabras en voz alta o declaraciones mentales, cruzó el umbral invisible que separaba un lado de la cordillera del otro. Así fue como entró en el valle oculto, el renüpülli —la morada— de Ngenmongen.

No lo notó, pero apenas dio su primer paso perdió su primer recuerdo.

***

Ese recuerdo había sido uno de oscuridad y pavor.

Era un lugar cálido. Le recordaba a un vientre materno, aunque no estaba segura por qué sabía que se parecía a uno. También estaba segura que era diferente, porque este lugar era seco cuando debía haber sido húmedo.

Inmediatamente se dio cuenta que algo estaba mal. Terriblemente mal.

Sus ojos se sentían atorados e inmovilizados, y no podía sentir el resto de su cuerpo. Intentó moverse, pero no había nada que mover. Abrió su boca para pedir ayuda, pero un chillido gutural fue todo lo que salió de ella.

Entonces apareció una luz. Era roja oscura y densa, como sangre que brillara, e iluminaba un costado de un rostro consumido enmarcado por mechones de un largo cabello gris descuidado. Los ojos que la contemplaban eran negros e inquisitivos, y las facciones a su alrededor no parecían más amistosas.

—¿Por qué estás haciendo sonidos, Aylen? —graznó la vieja mientras se acercaba.

Sus pasos eran lentos y cuidadosos, y parecía tan frágil como una rama marchita. Aun así la llamada Aylen sintió la desesperada necesidad de alejarse de ella, de escapar del alcance de la vieja a cualquier coste. Hizo un esfuerzo con toda la fortaleza y voluntad que fue capaz de reunir, pero no pudo moverse ni un centímetro. Ni siquiera pudo mirar hacia otra parte.

—¿Qué estás intentando hacer, idiota? —La expresión de la vieja era ahora todavía menos acogedora, si tal cosa era posible.

Aylen temió por su existencia y abrió su boca para desafiar a la vieja cuando ésta se detuvo. Sus rasgos se suavizaron y Aylen vio una calidez nueva en esos ojos fieros. La vieja chasqueó la lengua para luego decir:

—Calladito, mi niño. —Acarició el rostro de Aylen entonces—. No estás listo todavía. No es fácil completarte, ¿ves? —Añadió mientras movía las llamas rojo oscuro alrededor de Aylen para iluminar el suelo.

Por primera vez pudo ver algo además de la oscuridad y la vieja, e inmediatamente deseó que no fuese así. Rodeándola había montículos de uñas de todos los tamaños y formas, cubriendo el piso en todas direcciones tan lejos como podía ver, de pared de roca viva a pared de roca viva. Entre los montículos había cadáveres humanos en distintos estados de descomposición, todos con las uñas arrancadas.

Para su consternación, la vieja tomó un puñado de uñas del piso y se las metió a Aylen en la zona donde debía estar su vientre. Mientras la mujer hacía esto la luz como sangre palpitaba. Al mismo tiempo Aylen sintió un dolor intenso y agudo. Dejó escapar un grito desesperado y suplicante.

—Tranquilo, hijo mío —dijo la mujer distraídamente ignorando los chillidos de Aylen—. Pronto estarás completo una vez más y el mal que esa puta de Aylen nos hizo se acabará. Y entonces… —Levantó la vista para mirarla a los ojos con una determinación nacida de un dolor profundo y prolongado, y de la locura provocada por éste.

»Entonces estaremos juntos para siempre —sentenció, y siguió torturándola.

***

Ese era un recuerdo que Aylen no habría echado de menos si supiese que lo había perdido.

En vez de eso dio un paso y tuvo la sensación de estar olvidando algo. Se detuvo, miró a su alrededor, y trató de recordar qué era lo que había olvidado, pero no se le vino nada a la mente. Sacudió la cabeza, dio otro paso y, sin saber lo que pasaba, otro de sus recuerdos se desvaneció… Para siempre.

Así fue como poco a poco Aylen se acercó a la morada de Ngenmongen. Y por cada paso que dio, una parte de su historia como no muerta desapareció como si nunca hubiera ocurrido.

Luego de ese primer recuerdo poderoso, Aylen perdió toda memoria de los dolorosos días y noches que la vieja pasó completando el horripilante pellejo en el que su espíritu estaba alojado. Luego los recuerdos comenzaron a desvanecerse aparentemente al azar. La remembranza de la primera persona que mató, contra su voluntad, siguiendo las órdenes de su creadora. La noche antes de que descubriese el valle oculto, cuando esperó bajo la sombra de un poderoso árbol pewen a que el brillo de Antü iluminara el mundo. La oscuridad cuando su monstruosa «madre» murió y la torturada existencia de Aylen perduró, incluso cuando las otras creaciones de la vieja se volvían polvo frente a sus ojos.

Así, una reminiscencia tras otra, los largos años de su no vida se perdieron. Aunque ya no podía recordar el por qué siguió caminando hacia el otero, cuya figura se erguía cada vez más alta con cada una de sus zancadas.

Finalmente dio un último paso y, junto con el desvanecerse de un recuerdo, estuvo justo enfrente del montículo. Desde donde se encontraba el macizo de piedra parecía impenetrable. No podía distinguir ninguna entrada o abertura. Caminó alrededor del cinturón del monte y, aunque no perdió ningún otro fragmento de su existencia, tampoco pudo encontrar ningún signo de cómo entrar al hogar del Amo y Señor.

Rebuscó entre sus escasos recuerdos alguna pista acerca de qué hacer. Su mente estaba compuesta ahora por fragmentos inconexos sin ton ni son. Entre ellos, sólo uno contenía información que pudiera ayudarle en este punto crítico.

Era el recuerdo de su tiempo junto a la muchacha sagaz.

***

—Puedo ser joven —dijo la muchacha sagaz, sosteniendo el asta del bastón con fuerza—, pero no seré una presa fácil. Moriré peleando, no pidiendo piedad, wekufe.

Aylen contempló a la jovencita con sus ojos incapaces de pestañear. La no muerta se había encontrado con otras personas vivas antes, pero en cada ocasión habían salido corriendo, ya sea gritando aterrorizados o lanzándole antiguas maldiciones. Nunca nadie la había confrontado, ni menos se había atrevido a hablarle directamente.

Estaban en la entrada de los aposentos de Aylen, una larga caverna a los pies de la cordillera oriental. Ésta era la antesala del lugar, enterrado profundo en la tierra, donde Aylen había sido creada. Aunque lo había abandonado en numerosas ocasiones, siempre volvía a él. Quizás era debido al rechazo de las personas, la falta de propósito de su existencia o el poco atractivo mundo bajo el sol, pero el hecho innegable era que se sentía atraída a volver sobre sus pasos, de vuelta a su origen.

Después de su última experiencia en el mundo exterior, sin embargo, estaba decidida a que ahora volvía para quedarse.

Estaba en medio de su viaje de regreso cuando se encontró con la jovencita, durmiendo junto a las brasas de un fuego reciente. Aylen estuvo sorprendida por un instante y entonces decidió que el mejor curso de acción era evitarla y salir. Justo se había girado para hacerlo cuando la muchacha se despertó y declaró sus intenciones, bastón en mano.

—Yo… no… pelear —respondió Aylen, levantando las manos y abriéndolas para revelar que estaban vacías. Había espiado a las personas hacer eso cuando querían comunicar que sus intenciones eran pacíficas.

La muchacha se retorció cuando escuchó su voz… Y entonces abrió sus ojos y boca sorprendida.

—¿Tú… tú hablas?

Aylen asintió lentamente.

—¡Fascinante! —dijo la muchacha—. Es decir: es algo inusual —añadió, golpeando levemente su sien—. ¡O, lo siento! ¿Dónde están mis modales? Mi nombre es Kintu. —Hizo una leve reverencia—. ¿Cuál es el tuyo?

El cadáver animado registró su memoria en busca de una respuesta. Nadie nunca la había llamado de otra forma que no fuese wekufe… Excepto por su creadora. Ella había usado un nombre, pero no uno bueno, no. Era un nombre que había dicho junto a «puta» y «mal» palabras que, descubrió más tarde, no tenían implicaciones positivas. Siempre quiso preguntarle a la vieja quién era esa tal Aylen y por qué la llamaba así a ella, pero no alcanzó a hacerlo antes de que ella muriera. Con todo, era el único nombre que había tenido.

—Yo… Aylen —dijo finalmente e imitó de manera torpe la reverencia de la muchacha.

—Bueno, Aylen: esta será una historia digna de ser cantada, de eso no hay duda —declaró Kintu.

De ese momento en adelante la muchacha y la no muerta se volvieron inseparables. Pasaron años viajando a lo largo y ancho del Wallmapu —la «Tierra Circundante»— ayudando a la gente y aprendiendo cosas de ellos. Aylen aprendió mucho en esta época, incluyendo la pieza clave de información que la había llevado de vuelta a este recuerdo: la existencia de los ngen, Amos y Señores de las Cosas, y de uno en particular: Ngenmongen, Cuyo Dominio Es la Vida.

Aylen había esperado que la jovencita la acompañaría en su búsqueda, pero para entonces ella se enamoró y decidió echar raíces junto a su nueva esposa en una comunidad. Kintu había tratado de explicarle qué era el «amor» pero, sin importar cuánto lo intentase, el cadáver que se movía no lograba entenderlo.

El día que la vio por última vez, Kintu se le acercó y le susurró al oído:

—Ngenmongen te pedirá muchos sacrificios. Puede que te pida rendir aquello que más am… aprecias. ¿Sabes qué es eso?

Aylen pensó en su primer encuentro, hace ya tanto tiempo, y en todo lo que habían logrado juntas. Toda la gente a la que habían ayudado. Todo lo que ella había aprendido.

Miró a su compañera, convertida ahora en una mujer, a sus ojos brillantes y llenos de vida, y asintió.

—Entonces estás lista, amiga mía —dijo Kintu sonriendo—. ¡Que te vaya bien! —añadió, con lágrimas acumulándose en sus ojos.

La criatura no muerta se giró y encaminó sus pasos hacia la distante cordillera oriental.

—¡¿Qué harás cuándo tengas éxito en tu misión?!

Aylen se detuvo, miró hacia atrás y dijo:

—Yo… regresar.

—¡Bien! —dijo su amiga y compañera de tantas aventuras—. ¡Vuelve pronto!

Muchos años habían pasado desde entonces, y Aylen no estaba segura de que Kintu siguiera viva. A pesar de ello se aferraba al recuerdo del tiempo que habían pasado juntas. Era el único recuerdo de toda su larga existencia que atesoraba.

Pero el otero frente a ella estaba cerrado.

La no muerta tocó el costado del montículo con las palmas de ambas manos y, bajando la cabeza, susurró:

—Kintu.

El sonido de la roca moviéndose la sobresaltó y dio un paso atrás. Frente a ella, en el lado oriental de la colina, ahora había una abertura. No se veía nada excepto oscuridad dentro, ya que el brillo de Antü se desvanecía rápidamente de la Tierra.

Aylen dio un paso adelante y cruzó el umbral para entrar en el renüpülli de Ngenmongen. Cuando se encontró dentro, rodeada por una oscuridad asfixiante, ya no tenía memoria de Kintu o de su tiempo juntas.

***

Aylen sintió que estaba flotando en un vasto océano, oscuro y profundo. No había luz aquí, por lo que no tenía noción de arriba ni abajo. Intentó moverse, pero su entorno se le resistió.

Dejó de moverse y, como respuesta, algo se frotó contra ella. Sospechó que Ellos la inspeccionaban, obteniendo información acerca de quién era y qué estaba haciendo allí.

—¿Ngenmongen? —preguntó Aylen en voz alta. Su ofensiva voz se propagó como las olas producidas por una piedra al caer en un lago en calma.

Inmediatamente la oscuridad y la densa sustancia se disiparon.

Estaba ahora en frente del árbol pewen más alto que hubiese visto en su larga existencia. Aparte del pewen no había nada más aquí. Las raíces del árbol desaparecían bajo una superficie blanca, la misma sobre la cual estaba Aylen. Aparte del árbol imposiblemente alto —al que no podía verle la copa— y ella misma, las únicas otras cosas eran la superficie blanca, que se extendía en todas direcciones, y la luz, cuya fuente la criatura no muerta no era capaz de distinguir.

Miró a su alrededor con sus ojos siempre vigilantes en busca de alguna pista acerca de cómo proceder. Intentó recordar algo que pudiera serle útil en esta situación, pero todo el vasto conocimiento acerca de los ngen que había acumulado a lo largo de los años se había esfumado. Había desaparecido junto con sus recuerdos de Kintu y su tiempo juntas.

Como no sabía qué se suponía que hiciese, siguió sus instintos. Le hizo una reverencia al árbol y, extendiendo una mano, tocó su corteza con su palma.

Percibió un escalofrío recorriendo el pewen desde sus raíces más profundas, bajo la superficie blanca, a lo largo de su delgado pero fuerte tronco y hasta la parte inferior de su frondosa corona. Quitó su mano del árbol, temerosa de haberlos ofendido sin darse cuenta.

El escalofrío se convirtió en temblor y el temblor en terremoto. De pronto el pewen colapsó y, tan pronto como hubo desaparecido, toda luz se desvaneció.

Entonces la luz de Küyen, la pillañ de la Luna, iluminó la noche.

Aylen estaba de pie sobre una losa que miraba desde arriba un gran valle poblado de innumerables árboles de distintas formas y tamaños, cruzado por un ruidoso y poderoso río, cientos de metros bajo ella. El cielo estaba limpio y salpicado de estrellas titilantes.

Estaba absorta observándolo todo cuando escuchó el olfateo.

Se giró lentamente y vio al gran puma que la rodeaba, sus ojos contemplándola hacia arriba con determinación letal. Aylen estaba segura de que si el puma consideraba que ella estaba en falta, la destruiría en ese mismo instante.

—Yo… buscar… Ngenmongen —dijo, y de inmediato se arrepintió de haberlo hecho.

El puma dejó de moverse y dejó escapar un fuerte rugido. Aylen dio un paso atrás, pero no había escapatoria. El animal estaba frente a ella; detrás, el escarpado acantilado. Levantó los brazos y abrió las manos, medio recordando una ocasión en que ese gesto le había salvado el pellejo.

El puma rugió nuevamente. Esta vez el sonido no fue monótono, sino que contenía variaciones de largo y tono. La criatura no muerta estaba segura que intentaba comunicarse con ella.

—Yo… no… entender —Aylen dijo.

La luz de luna desapareció y sintió el calor familiar de las entrañas de la tierra.

Había un pequeño fuego frente a ella, del que sólo quedaban las brasas. Al otro lado estaba una vieja con un cabello gris largo y descuidado. Aylen no supo por qué, pero quiso alejarse de la mujer.

—Parece ser que no te sientes cómoda en la presencia de esta forma —dijo la vieja con una voz neutra que no se correspondía con Su físico—. ¿Es esta mejor, criatura?

La vieja era ahora una muchacha sosteniendo un bastón serpentino con ambas manos.

Aylen dejó escapar un innecesario pero totalmente apropiado suspiro de alivio.

—Excelente —dijo la niña con la misma voz de antes—. Ahora que estoy en una forma que consideras agradable (y en la que podemos comunicarnos), déjame preguntarte algo. ¿Por qué estás aquí?

—Yo… —empezó Aylen, pero descubrió que no sabía cómo expresar sus intenciones. Conocía las palabras, pero no sabía cómo comunicar su deseo con ellas.

—Es decir —intervino la muchacha—: sé por qué estás aquí (después de todo tengo casi todas las memorias de tu vida), pero a lo que me refiero es: ¿por qué has venido aquí? ¿No eres consciente acaso de que eres una aberración? Tu mera existencia me ofende a mí y a los míos.

»No deberías existir. Eres el producto de una avaricia desesperada y una ambición desproporcionada, y tu existencia maldita debería haber acabado hace mucho, junto con la de tu ama. ¿Qué te hace pensar que te ayudaré en vez de destruirte?

—Yo… querer… vida —la criatura no muerta dijo y, por segunda vez en un breve espacio de tiempo, deseó ser capaz de derramar lágrimas. Las emociones que sentía eran demasiadas como para expresarlas sólo con palabras—. Yo… ayudar… gente. Yo… ser… gente —declaró, apuntando con su dedo marchito a su propio pecho.

Se sorprendió a sí misma al decir estas palabras. Nunca había pensado en sí misma como una persona. Siempre se había considerado como alguien con el potencial de ser persona —una vez que la hubieran restaurado— pero, apenas escuchó esas palabras, supo que eran ciertas para ella. Incluso en su condición actual ya era una persona.

La muchacha la observó intensamente y Aylen no supo si el ngen estaba enojado, aburrido, considerando su declaración o todas las anteriores. El chisporroteo del hogar y la aparición de una solitaria chispa trajeron la atención de la muchacha de vuelta al presente.

—Eres… especial, de eso no hay duda —dijo, y Aylen sintió que había escuchado palabras similares antes—. Estás jugando con fuego, ¿sabes? —dijo, apuntando a las brasas y sonriendo por primera vez.

»Deberías haber dejado de existir hace mucho, y nunca deberías haber tenido conciencia. Pero aquí estás: existiendo y con plena conciencia de quién eres y lo que quieres.

»Eres una ofensa contra mis leyes y, sin embargo… Tienes razón. Has ayudado gente. Mucha gente. Y sé que lo has hecho sin esperar nada a cambio. Puedes haber sido creada como una violación de las Tradiciones, pero las has honrado a lo largo de tu maldita no vida. ¡Y eso ha sido bastante tiempo!

Aylen asintió y produjo su mejor intento de sonrisa como respuesta.

—¿Puede algo justo emerger de algo tan infame? —preguntó el ngen, observando las brasas.

Pasó un tiempo. Aylen no supo cuánto, pero la pareció que fue mucho. Demasiado. El silencio entre ambas era incómodo. El ngen seguía con la vista fija en lo que quedaba del fuego.

—¿Ngenmongen? —se atrevió a preguntar.

—¡¿Ah?! —exclamó la niña, como si la hubieran despertado a la fuerza de un sueño profundo. Miró a Aylen a los ojos y dijo—: He consultado con los Míos y hemos llegado a un acuerdo. Tu existencia, por aborrecible que nos parezca, es digna.

»En este caso, hemos decidido premiar tu comportamiento concediéndote tu deseo más profundo: una nueva vida…

—¿Nueva? —Los interrumpió la no muerta.

—Claro que sí: nueva. Abandonarás ese cadáver nauseabundo y volverás a nacer de un vientre materno, sin recuerdo alguno de esta existencia.

—Pero —protestó Aylen—… Pero… aprender… ¡mucho! Yo —rebuscó entre lo que quedaba en su mente—… Yo… sabía. Entendía. Antes —declaró, y bajó la cabeza frustrada.

Ella quería vida —estar viva— y disfrutar el mundo en todos sus gloriosos colores y sonidos, olores y sabores. Pero la idea de renacer y olvidar todo lo que había logrado y todo lo que había experimentado —incluso si ya no lo recordaba— le parecía… Inconcebible. Quería estar viva, sí, pero quería haciéndolo siendo ella.

Ahora bien, ¿qué era ella? ¿Tenía algo que ver el quién era con el cadáver que habitaba? Antes habría dicho que no, pero los hechos probaban lo contrario. Sólo había podido llegar hasta aquí debido a ese cuerpo muerto. El mismo que durado durante años de entrenamiento y aprendizaje. El que tenía la fuerza con la que había ayudado a innumerables personas. El que había sido capaz de soportar las inclementes condiciones del clima a la entrada del renüpülli.

¿Y sus limitaciones? Bueno: ellas también eran parte de quién era. Sus ojos fijos que veían todo en tonos de gris; sus oídos que apenas podían oír; su nariz a la que se le hacía difícil percibir olores; y su lengua que si acaso sentía algún sabor.

No sabía quién había sido antes —si es que había sido alguien antes de habitar este cadáver— pero, la verdad es que tampoco le importaba. Ahora era alguien. Y quería seguir siendo ese alguien.

—No —dijo Aylen finalmente.

—¿No? —preguntó la muchacha con incredulidad.

—No… gracias —repitió—. Yo… querer… vida. Pero yo… querer más… yo —sentenció, apuntando a su pecho.

—Como quieras —dijo Ngenmongen y levantó el bastón serpentino rápidamente antes de dejarlo caer sobre su cabeza.

Aylen trató de moverse, pero el ngen fue demasiado rápido para ella. Atinó a mirar el arma mientras bajaba hacia su frente e, incapaz de cerrar los ojos, dejó salir un suspiro innecesario mientras se preparaba para ver su existencia extinguida como una antorcha que se apaga súbitamente.

El bastón se detuvo a un centímetro de su frente. Entonces, y con un leve movimiento, la madera tocó su piel hecha de uñas de cadáveres.

Apenas lo hizo, todos los recuerdos de la larga existencia de Aylen volvieron a ella. Recuperó todos y cada uno de ellos, desde su horripilante creación hasta su primer encuentro con Kintu. En un instante se sintió más ella que nunca antes.

—¿Por qué? —preguntó la no muerta y, por tercera vez en un breve período de tiempo, deseó llorar para poder expresar lo que sentía.

—Porque no eres parte de mi Dominio, así que rechazo tus ofrendas —dijo la niña sonriendo—. Y porque lo mereces —sentenció al tiempo que retiraba el bastón y lo dejaba reposar en sus brazos cruzados.

—Gracias —dijo Aylen e hizo una profunda reverencia.

—¿Qué harás con tu existencia ahora, criatura?

La no muerta lo pensó por un momento y, levantándose de su lugar, se encaminó hacia la abertura que tan bien conocía. Llegó hasta el umbral envuelto en la brillante luz de Antü y, volviéndose, dijo:

—Yo… ver… Kintu. Yo… ser… Aylen —añadió, y se giró para reemprender la marcha.

Por primera vez en su larga existencia, su voz no hirió sus oídos.

***

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Esta entrada se publicó gracias al apoyo de Paulette Rompeltien, Marley Clevenger, María Consuelo Gómez Martín, Alberto Peña y el resto de mis maravilloses mecenas.

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One thought on “En la morada de Ngenmongen

  1. Laura says:

    Me parece que tienes un mundo muy interesante entre las manos, con muchas criaturas y conceptos que a mi por lo menos (soy chilene) me parecen muy interesantes. Sin embargo, tienes muchísimos problemas de gramática y redacción que a menudo dificultan la lectura. Sufres de un molesto queísmo que a menudo interfiere con la experiencia inmersiva que estás intentando entregarnos a nosotres tus lectores. Por lo mismo, te aconsejaría leer más en español, ya que se nota que el inglés te influye para mal. Es como si tradujeras de manera literal expersiones gringas, cuando en español hay palabras o perífrasis prácticamente para todo. Eso afecta la naturalidad de tu estilo, tanto o más que las caídas desde un lenguaje solemne a un fraseo vulgar (aunque, el ejemplo de la llanura plana después del viento “mordaz” ? me dio mucha risa, lo siento).

    Espero que estos comentarios no te ofendan y que sigas adelante. Hay que apoyar a les compatriotes.

    Saludos!

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