Consejos de escritura, Español

La importancia de la lectura profunda

En su libro Mientras escribo —uno de los mejores que he leído acerca del tema— Stephen King  arguye que «si quieres ser escritor, lo primero es hacer dos cosas: leer mucho y escribir mucho». En esto, como en muchas de las «herramientas de escritura» que el oriundo de Maine expone en el libro antes mencionado, estoy de acuerdo.

Después de todo, parece una obviedad que escribir —y particularmente leer— mucho son el pan y la sal de cualquiere escritore que quiera ser excelente en lo que hace. En cualquier actividad humana la práctica hace que los resultados se vuelvan más conscientes y prolijos, por lo que considero que «escribir mucho» es una de las pocas verdades evidentes del arte de escribir.

Ahora, la duda que me surgió hace algún tiempo en este caso tiene que ver con la parte de «leer mucho». Porque en nuestros tiempos de acceso inmediato a una cantidad casi infinita de historias, y en los más variados estilos y «formatos» —incluyendo libros, claro, pero también abarcando películas, series de TV, animación, anime, cómics, juegos de rol, videojuegos, etc.— el problema no parece ser que leamos poco —en el sentido de que nos expongamos a pocas y/o no muy variadas historias— sino cómo sacarles el mayor provecho esas lecturas. O, en otras palabras, ¿cómo hacer de nuestras lecturas lo más nutritivas y fructíferas posibles?

Aquí es donde entra la lectura profunda.

Cómo leemos

En términos generales, me atrevería a decir que la mayoría de nosotres somos capaces de describir las historias que leemos en términos generales. Por ejemplo: qué pasó en ella de inicio a fin (su trama); quiénes son sus personajes (y quizás hasta sus roles); cuál es su entorno físico, histórico y/o imaginario (su ambientación); y puede que hasta logremos resumir de qué creemos que se trata la historia (su tema o tópico literario).

Lo que a la mayoría de nosotros —al menos en mi experiencia— nos cuesta puntualizar son, en cambio, los mecanismos de una historia. O, en otras palabras: podemos decir qué está ocurriendo en un momento dado de la narrativa, pero no cómo ni por qué eso está ocurriendo de esa manera. E, incluso más importante aún, tenemos poca o ninguna idea de cómo esos mecanismos crean efectos emocionales en nosotros. ¿Qué hace que una escena nos haga reír o llorar? ¿O qué nos asuste o preocupe?

Siguiendo con los ejemplos anteriores, quizás podemos recitar los eventos de una historia pero, ¿somos capaces de distinguir por qué le escritore ha decidido ponerlos en ese orden? Si invirtiéramos el orden de un par de eventos de la narrativa, ¿cambiaría su sentido? ¿Qué hace que un momento dramático se ubique mejor en un punto específico de la narrativa que en otro? Este tipo de preguntas, en mi opinión, son las que deberíamos hacernos cuando leemos. Antes que memorizar nombres o los hechos de una historia, o discutir si un evento dramático se rige a las leyes físicas/históricas/etc. del «mundo real», creo que nuestro foco debiera estar en identificar y ser capaces de puntualizar las estructuras dramáticas subyacentes —pero fácilmente reconocibles, creo— en cualquier narrativa.

Y, principalmente, cómo estas estructuras despiertan nuestra emocionalidad.

Una postura activa

En este sentido, creo que no es necesario aprender una técnica o teoría específica a la hora de desarrollar una lectura profunda de cualquier historia. Lo que sí debemos hacer, creo, es tratar de volvernos conscientes de cómo los mecanismos dramáticos de una historia nos afectan.

Para lograr esto basta sólo con que adoptemos una postura activa al leer. Es decir, debemos evitar recibir la historia que estamos leyendo de manera pasiva y, en vez de eso, debemos estar atentes a qué está ocurriendo en la historia y cómo se nos está presentando. Por ejemplo: si una escena nos hace llorar, quizás sería interesante volver a leerla y fijarnos en qué punto las lágrimas afloran. ¿Qué pasó exactamente en ese punto de la historia? ¿Por qué lloramos desde ese punto en adelante? ¿Cuál es el contexto? ¿En qué se enfocó le escritore? ¿Qué destacó y qué minimizó? ¿Cómo fue construyendo ese momento dramático?

Por supuesto, quizás en un comienzo será necesario hacer un esfuerzo consciente por hacernos estas preguntas pero con el tiempo, espero, el acto de hacerlas se volverá natural. En mi experiencia luego de un tiempo lo difícil no es leer activamente… ¡Sino dejar de hacerlo! Uno se acostumbra a ser un lector activo y, por tanto, siempre puede sacarle provecho a una historia, sin importar que uno la considere de su gusto o no.

Incluso si uno nunca lo ha hecho conscientemente, en mi experiencia leer de forma activa es algo que hacemos naturalmente. Digo esto porque cada vez que he comentado con alguien los resultados de mi lectura activa —en otras palabras, mi opinión— de un libro, película, serie de TV, animación, anime, comic, juego de rol, videojuego, etc., las personas con las que lo he hecho no se han quedado calladas… Sino todo lo contrario.

Sus respuestas y perspectivas propias acerca de las historias que compartimos a veces están teñidas de timidez y auto cuestionamiento pero, en otras, numerosas ocasiones, la gente se entusiasma y termina expresando de manera clara y definitiva sus impresiones de esas historias. Lo mejor en este caso es que, incluso si uno no está de acuerdo con la lectura particular de alguien, de todas maneras este intercambio de percepciones enriquece a todes les presentes. Esto ocurre puesto la situación nos permite reafirmar nuestras lecturas y, a veces, incluso descubrir que nuestras opinión cambia luego de confrontarlas con la de alguien que tiene una lectura diferente.

Preguntas, preguntas, preguntas

Ahora, tú que estás escuchando esto quizás te estés preguntando: pero, ¿cómo lo hago? ¿Cómo empiezo a practicar la lectura activa de manera consciente? La respuesta es bastante simple: haciendo preguntas.

Así, la manera más sencilla y directa de iniciar la postura activa al leer es estar constantemente cuestionando lo que está ocurriendo en la historia. Es posible no sólo imaginar la historia que nos están contando sino, al mismo tiempo, estar percibiendo cómo es que nos la están transmitiendo y cuáles son nuestras reacciones… Si es que estamos haciendo algunas preguntas básicas. Algunos ejemplos incluyen pero no se limitan a:

  • Preguntas generales. ¿Qué está pasando en la historia? ¿Qué emoción está tratando de transmitir le escritore? ¿Qué emoción siento yo?
  • Relacionadas con los personajes. ¿Quiénes son los personajes más afectados dramáticamente en este momento? ¿De qué personajes se describen o insinúan sus emociones? ¿Cómo lo hace le escritore?
  • Relacionadas con las emociones. ¿Cómo noto la emoción que le escritore está intentando transmitir? ¿Cómo sé que estoy ante un momento dramático? ¿Cómo se diferencia este momento dramático de otro?
  • Preguntas de estilo. ¿Dónde se nota en la historia la mano de le escritore? ¿Qué elementos son propios de un tipo de escena o emoción? ¿Qué elecciones de le escritore están claramente enfocadas a despertar una emoción? ¿Qué cosas se está destacando? ¿Cuáles se están omitiendo?
  • Relacionadas con el conflicto/trama. ¿En qué momento de la historia estamos? ¿Es la introducción/inicio, el desarrollo, el clímax o quizás el desenlace? ¿Cómo se nota eso en la escritura? ¿Qué elementos delatan/insinúan en qué parte estamos de la historia?

Por supuesto que esta lista de preguntas no es exhaustiva —ni pretende serlo—; es, en cambio, un punto de partida para las, espero, muchas conversaciones que tendrás en torno a tus lecturas.

El poder de conversar

Aunque ya lo mencioné más arriba, quiero hacer énfasis en este punto. En mi experiencia, compartir los resultados de nuestras lecturas activas es la mejor forma de solidificar la práctica y de darnos cuenta que no necesitamos una educación especial ni el permiso de nadie para opinar acerca de las historias a las que nos exponemos. Lo que es más importante, creo, esto nos ayuda a conectarnos con las lecturas de otres, lo que hace que nuestras propias lecturas se enriquezcan.

Así que después de practicar en solitario, por así decirlo, te invito a que compartas con tus cercanes tus lecturas profundas. Y si no tienes cercanes —o quieres expandir tus horizontes— quizás puedes ocupar alguna red social para hacerlo. Para mi sorpresa y agrado, he descubierto mucha gente con lecturas compatibles o complementarias a las mías en las redes sociales, lo que me ha permitido ampliar mi espectro de lectura de manera bastante considerable. Creo que es una experiencia bastante mágica la de escribir un tweet o publicación en Facebook y leer a otres que comparten tu lectura y, mejor aún, quienes enriquecen la conversación aportando su propia lectura.

¡No pelees con los trolls!

En este caso, y como addendum, debo mencionar el tema de los trolls. En mi opinión la lectura profunda es algo tremendamente subjetivo puesto que, como lo expuse más arriba, tiene que ver con nuestra emocionalidad y manera de afrontar una historia.

Si te das cuenta, en ninguna parte de este artículo mencioné que las historias a las que aplicas lectura profunda tengan que ser «buenas» según éste o aquel criterio… Y esto es deliberado. En lo personal no me interesa probarle a alguien que mi lectura/opinión es correcta. Si alguien lee/opina diferente, ¡bienvenide sea!

Así, mi recomendación final por el momento al respecto es: expresa tu lectura/opinión de la mejor manera que puedas y, si alguien comienza a trolearte, da un paso al costado y evita la confrontación.

Es importante que sean las historias las nos provoquen emociones fuertes… Y no la gente que busca a propósito hacer a otres pasar un mal rato.

***

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Esta entrada se publicó gracias al apoyo de Paulette Rompeltien, Marley Clevenger, María Consuelo Gómez Martín y el resto de mis maravilloses mecenas.

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