Español, Ficción

Kona y el espectro alzado

Rodeados por los cuerpos mutilados de numerosas jovencitas, lado a lado junto a cadáveres que habían sido puestos a descansar a la fuerza, se erguían dos figuras, listas para acabar la una con la otra.

Una era una jovencita que en nada se distinguía de las otras que yacían muertas a su alrededor… Excepto porque ella seguía con vida. Tenía la piel broncínea de su gente manchada con la sangre de sus compañeras de batalla. Toda esa sangre se había derramado mientras luchaban juntas por defender a la longko, la líder de la comunidad, de una muerte segura a mano de horrores indecibles.

El último de estos horrores que aún se mantenía en pie era la otra figura en el campo de batalla que se había formado entre las ruka del lof. Allí estaba, frente a la jovencita, y tenía una forma que recordaba vagamente la figura humana. Sin embargo era claro que ya no podía contarse entre los vivos. La capa que recubría lo que fuera de lo que estuviera hecho en su interior tenía la palidez enfermiza de la muerte.

Desde donde estaba la joven guerrera podía distinguir los millones de uñas de muertos que formaban la forma física de esta monstruosidad. La esencia que lo animaba podía adivinarse, en cambio, en el brillo rojo sangre que emanaba de sus pupilas. Era un witranalwe, un «espectro alzado» que había sido invocado desde el Miñche Mapu, la Tierra de Abajo, para servir a un kalku.

La joven estaba exhausta como nunca antes en su corta vida, pero se mantenía en pie por pura fuerza de voluntad. Respiraba con dificultad, dando grandes bocanadas de aire, y ya no tenía armas con las que enfrentar al último horror en pie. Así, oteaba frenéticamente a su alrededor en busca de algo con lo que defender a la longko que ahora yacía inconsciente a sus espaldas.

El witranalwe tampoco tenía ningún arma, pero no la necesitaba. Sus alargados dedos de puntas afiladas eran capaces de desgarrar la carne con facilidad, mientras que sus dientes amarillentos y podridos eran capaces de triturar huesos sin mayores dificultades. El horror permanecía estático, contemplando a la jovencita frente a él, esperando al más mínimo gesto de debilidad o distracción del que aprovecharse.

En ese instante la joven distinguió, en medio del caos de cuerpos y cadáveres, un cuchillo de piedra casi intacto que una de sus compañeras de batalla todavía sostenía. De inmediato devolvió la vista al horror y le pareció notar que la criatura había seguido el movimiento de sus ojos y que, incluso ahora, era capaz de adivinar lo que estaba a punto de hacer.

Sin pensarlo la guerrera se lanzó hacia el cuchillo, rogando que la monstruosidad la siguiese a ella y que no atacara a la longko. No podía mirar hacia atrás, pero escuchó pasos pesados y veloces que venían tras de ella. Se permitió sonreír levemente; su decisión, al menos por ahora, había sido la correcta.

Recién había asido el cuchillo cuando sintió como si una roca gigantesca la hubiera golpeado en el costado. El cuchillo escapó de su agarre al mismo tiempo que todo el aire se escapaba de sus pulmones. No era capaz de restaurar su respiración cuando sintió el aliento fétido del witranalwe llenando sus narices, seguido por un peso inamovible que la inmovilizó y unas garras afiladas que se dirigían rápidamente hacia su cuello descubierto.

***

—Pero ñuke: yo también quiero ayudar.

Era finales de otoño y las únicas integrantes de la familia que estaban en la ruka eran la joven y su madre. El resto de la familia estaba ocupado en alguna de las importantes labores que debían cumplirse antes de que el invierno llegase.

Su hermana mayor y su padre estaban con los weychafe, quienes habían marchado hacia un lof vecino para recuperar las reservas de alimentos que éstos les habían robado. Uno de sus hermanos mayores y su tía se habían internado en el descampado, buscando alguna presa que pudieran cazar, salar y compartir con la comunidad. Su tío y uno de sus primos andaban recolectando los frutos tardíos en el bosquecillo cercano al lof, mientras que su otro hermano mayor y su abuela habían ido a pescar al torrentoso río que rodeaba la comunidad.

—Ya llegará tu tiempo, hija —dijo la madre, revolviendo el estofado que cocinaba en un fondo ennegrecido sobre las piedras calientes en el hogar—. Pero por ahora tienes que preocuparte de tu entrenamiento. Así, cuando llegué el día —agregó y luego probó el contenido del cazo—, podrás ser una guerrera como tu hermana.

—Si sé, pero yo quiero ayudar ahora —dijo la joven con un puchero inconsciente.

Ella no lo notó, pero su madre sonrió al ver el gesto de su hija. Su niña se veía tan grande y fuerte —los años en el Kollellaullin habían dado sus frutos— pero, en el fondo, todavía seguía siendo eso: una niña. Su niña.

—Podrías ayudar ahora trayendo los cuencos, por ejemplo —dijo su madre con una sonrisa.

La joven fue a la esquina de la ruka y trajo de vuelta dos cuencos de greda y dos cucharas de madera.

—Sabes a lo que me refiero —dijo, una vez que su madre hubo recibido los utensilios. Se cruzó de brazos en protesta.

—Lo sé, hija. Pero tú sabes que las tradiciones dictan que…

—«… Ningún descendiente podrá honrar a sus antepasados hasta que haya alcanzado la mayoría de edad» —citó la joven. Su madre llenó un cuenco con estofado y se lo pasó—. Sé lo que dicen las tradiciones, ¿pero no crees que son un poco… anticuadas?

La mujer se sirvió algo de estofado y se sentó al lado de su hija, riendo.

—Las tradiciones no se pueden volver anticuadas, hija; por eso son tradiciones. Las cosas siempre han sido así —agregó, llenando la cuchara de madera con estofado, soplando para enfriarla un poco y luego llevándosela a la boca—… Y siempre lo serán.

—No estoy de acuerdo —dijo la joven, enterrando su cuchara en el cuenco.

—Tu hora vendrá, querida —dijo la madre mirándola directamente a los ojos—. Y, cuando llegue, vivirás una vida que enorgullecerá a nuestros antepasados una y mil veces.

—¿Y cuándo llegará esa hora? —preguntó la joven en voz baja, mirando el estofado en su cuenco.

«Espero que no llegue demasiado pronto», pensó su madre, pero no dijo nada.

***

El deseo de la madre no se cumplió.

—¡Iñche kay che!

El grito de guerra de su gente, vociferado por la voz desgastada y sonora de la longko, la despertó.

Sin dudarlo, la muchacha se levantó de su lecho y cruzó la ruka familiar con movimientos rápidos y silenciosos. Se detuvo al lado del hogar y cogió la lanza de su tatarabuelo del muro, una reliquia familiar que no había sido usada en generaciones.

—¿Adónde vas, hija? —susurró su madre.

—A defender a la longko —contestó la joven y caminó hacia la entrada.

—¡¿Estás loca?! —vociferó la mujer tan bajo como pudo.

—Está luchando. Sola —agregó la hija—. ¿Qué quieres que haga?

—No sé… Quizás… Quizás los weychafe volverán pronto.

—No lo suficientemente pronto —sentenció la joven—. Te amo, ñuke —añadió y dejó el hogar familiar. Corrió rápida y decididamente hacia la ruka de la longko.

—¡Yo también te amo, hija mía! —gritó la madre al tiempo que llegaba al umbral de la casa.

Lo último que vio fue la esbelta figura de su hija deslizándose a toda velocidad y en el más absoluto silencio, como un puma en medio de una cacería.

Así fue como llegó al lugar donde se estaba luchando la batalla.

Muchas otras jóvenes habían acudido al llamado de la longko. Todas eran sus compañeras en el Kollellaullin y, aunque aún faltaban años para que completaran su entrenamiento, se enfrentaron al horror de los witranalwe como si ya fueran weychafe aliadas con los ngen.

***

Las afiladas garras del último monstruo en pie estaban a punto de alcanzar su cuello. La joven guerrera no le temía a su propia muerte, pero sabía que si la longko moría —o si le hacían algo peor— toda la comunidad sufriría. La longko era la representante de la comunidad ante la Ñuke Mapu, la Madre Tierra. Si la longko sufría, la Tierra sufría y, como resultado, la gente que habitaba esa Tierra también sufrirían.

Su vida era poco importante en el gran esquema de las cosas, pero la de la longko era invaluable.

La joven inspiró hondo y, apenas sintió el aire llenando sus pulmones, espiró explosivamente. Al mismo tiempo giró su cuerpo con toda la fuerza que fue capaz de reunir. El súbito movimiento fue suficiente para desestabilizar al witranalwe y hacer que sus garras erraran en su objetivo, enterrándose profundo en la tierra.

Inmediatamente la joven pateó al horror, sacándoselo de encima. Buscó a su alrededor el cuchillo que había tenido recién en las manos. Los designios estaban de su parte, ya que descubrió que la hoja había ido a enterrarse en un cadáver a sólo unos pasos de ella. La guerrera corrió y cogió el cuchillo, girándose con una sonrisa en el rostro, lista para acabar con el último de los espectros alzados.

La sonrisa murió súbitamente en sus labios.

El horror corría rumbo hacia la longko que se movía levemente en el suelo. El witranalwe era demasiado rápido y le llevaba la ventaja. No podría alcanzarlo e, incluso si pudiera hacerlo, no tenía la fuerza suficiente para desviarlo de su fatídica trayectoria. Antes de que pudiera luchar contra él, la longko estaría muerta bajo las afiladas garras de la monstruosidad. A menos que…

No terminó de pensarlo y tan sólo corrió por un atajo lateral con todas las fuerzas que le quedaban. Tenía a la longko a la vista cuando sintió que desfallecía y que ya no le quedaban fuerzas. Sin ninguna esperanza de tener éxito en su misión, rogó que su puntería fuera certera.

Mientras ella hacía eso las afiladas garras del witranalwe descendían directamente sobre el pecho de la longko a una velocidad sobrehumana. Se hundieron profundo en la carne, atravesando el cuerpo de lado a lado.

El tema es que no atravesaron el cuerpo de la longko de lado a lado, sino el de la joven.

Confundido por lo ocurrido, el witranalwe extrajo las garras con un salpicar de sangre joven que le manchó su pálida piel. El horror se movió un poco e intentó matar a la longko nuevamente pero la joven, viva más allá de toda probabilidad, fue capaz de interponer su cuerpo agonizante en su camino una vez más. Frustrada, la criatura extrajo las garras e intentó acabar con la vida de la longko una vez más. Con su último aliento, la jovencita fue capaz de proteger a la líder de la comunidad de una muerte segura por tercera y última vez.

El witranalwe extrajo las garras repletas de la sangre de la joven y quitó el cuerpo ya sin vida de su camino para dar el golpe final a la longko. Apenas lo hizo, sin embargo, la longko lo atravesó de lado a lado con el cuchillo de piedra que la joven había traído consigo. Los ojos del horror brillaron con un fulgor desesperado, y abrió la boca para terminar el trabajo devorando la carne de la líder. La mujer lo apuñaló dos veces en rápida sucesión, una en cada uno de sus ojos, antes de que pudiera cumplir con su tarea. Así fue como acabó con su maldita existencia y envió al wekufe que habitaba su forma física de vuelta al Miñche Mapu.

Después de esto, la longko se desmayó.

***

Durante tres lunas completas todo el lof se dedicó a velar a las jóvenes que habían entregado sus vidas para defender a la longko. Al final de esta vigilia —y como era costumbre— llegó el momento de devolver sus cuerpos a la Madre Tierra, para que los acogiera finalmente en su seno.

—Estas jóvenes dieron sus vidas para salvar la mía —dijo la longko, dirigiéndose a la comunidad reunida—. Lucharon como las más valientes weychafe, aunque aún les faltaban muchas lunas para completar su entrenamiento.

»Nuestras tradiciones dictan que eran demasiado jóvenes para enorgullecer a sus antepasados con sus vidas. ¡Yo digo que esas tradiciones están equivocadas, y que las vidas (y muertes) de estas jóvenes son dignas de cantarse!

»La valentía y sacrificio de todas ellas es innegable, pero los actos de la última en caer se grabaron en mi memoria de manera indeleble. Porque ella interpuso su cuerpo entre el horror y el mío. Y no una ni dos, sino tres veces. Hasta su último aliento usó su propio cuerpo y su vida para preservar la mía. —Mientras la longko decía esto, una lágrima rodó por su mejilla.

»Su madre me dice que ella se llamaba Kona, y yo digo que ella fue digna de su nombre. Porque era joven y valiente, y porque también fue en contra de las tradiciones cuando éstas le fallaron.

»¡Pero yo digo que esas tradiciones ya no le fallarán a ella ni a nadie! Porque, de ahora en adelante, las jóvenes de cada linaje que así lo quieran podrán servirme a mí (y a las longko que vengan después de mí) como nuestra guardia personal. ¡Así podrán enorgullecer a sus ancestros con sus vidas sin importar su edad!

»Y en honor a la que fue la última en pie, la que se sacrificó con el mayor ahínco, todas y cada una de ellas que escojan esta vía adoptará su nombre.

»Y juntas serán conocidas como las pukona —sentenció la longko.

***

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Esta entrada se publicó gracias al apoyo de Paulette Rompeltien, Marley Clevenger, María Consuelo Gómez Martín y el resto de mis maravilloses mecenas.

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